YO SOY RAGNARÖK - TEASER 

La lluvia no dejaba de azotar Berlín. En un bar lleno de grafitis, en el barrio de Kreuzberg, los estudiantes universitarios festejaban el sexto aniversario de la última guerra en el mundo. La música tecno de fondo, a volumen bajo, acompañaba las charlas de los presentes . Toranosuke bebía con la mirada perdida en su vaso de cerveza. Pensaba una y otra vez en Lucia, en su rostro, en su sonrisa. Se acordaba de los combates violentos y llenos de gloria contra los dioses, las bestias que azotaron la humanidad y la injusticia. El mundo ahora era un lugar pacífico, ya no le encontraba el sentido a la vida. Le costaba dormir. Todas las noches iba de bar en bar, alcohólico como nunca; desde que ella lo dejó en aquella plaza de Mantova nunca se pudo recuperar. Recordó cuando la morocha le prometió amor y paz, que vivirían siempre tranquilos en el nuevo mundo. Él odiaba la nueva era, tenía ganas de morir, se sentía patético, pensó una y otra vez: "debí haber muerto en la última batalla, con el resto de los violentos, estaría descansando entre reyes y guerreros, no viviendo como una rata sumergida en licor".

Al finalizar el gran porrón de cerveza llamó al hombre que atendía la barra. El muchacho lo conocía y sentía lástima por Toranosuke, tomó el vaso vacío del japonés e inmediatamente se lo recargó, como todas las noches, una y otra vez hasta que el nipón quedaba en coma alcohólico sin importarle las miradas ni el ruido a su alrededor. Toranosuke sacó una foto de Lucia que estaba en el bolsillo interno de su campera de cuero, la miró durante unos minutos, una lágrima cayó por su mejilla. Sentía ganas de insultarla y decirle las cosas más terribles, pero se limitó a quedarse quieto viéndola sonreír. Sus dientes hacían fricción por la furia, no tenía fuerzas. Tomó su teléfono celular y lo revisó: no tenía un solo mensaje, pero lo miraba cada media hora con la esperanza de tener alguna noticia de ella. Hacía cuatro años que no sabía nada más de la italiana. ¿Estaría con otro hombre, se habría mudado, casado, quizá tendría hijos? Esos temas revoloteaban cada vez más en su cabeza. Mientras más pensaba, más crecía la violencia en su interior. Lentamente y tambaleándose fue al baño, se encerró en uno de los cubículos y se sentó sobre el inodoro. Sacó un cigarrillo y lo encendió, disfrutó la primera bocanada del denso humo. Fumó pensando en ella, en sus besos, en sus caricias, en su risa desinhibida y provocadora. Comenzó a temblar, decidió que esa noche se quitaría la vida. Sonrió y se puso de pie. Lleno de furia golpeó la pared de madera causando una grieta importante; su mano comenzó a sangrar. El dueño del lugar tocó la puerta, la abrió y lo sacó de allí advirtiéndole que era la última vez que hacía esto en el bar o no volvería. Toranosuke sonrió y le contestó que no se repetiría, que no se preocupara. El hombre le vendó la mano y le palmeó el hombro, le dijo que esta noche él invitaba pero que buscara ayuda. Se sentó otra vez en la barra y el joven que atendía le sirvió un vaso de whisky; sabía que era su bebida favorita. Toranosuke agradeció, hizo fondo blanco y luego se dedicó a mirar la foto una vez más por largo tiempo. De pronto escuchó a una joven que le hablaba, tenía una voz muy femenina y determinada.

-Disculpa, ¿estás solo? -preguntó una rubia alta, corpulenta, voluptuosa, dueña de unos increíbles ojos color miel, de piel blanca como la leche. Vestía de manera muy femenina: remera rosa, jean oscuro, un hermoso collar con una perla y en cada oreja tenía tres aros con gemas brillantes, una grande, una mediana y una pequeña; los labios pintados de rojo y sus uñas de un rosa tenue. Estaba sentada a su lado. Toranosuke miró a su alrededor haciéndole notar su soledad y luego la observó fijo.

-¿A ti qué te parece? -le contestó el japonés de mal humor. Sentada en una banqueta, la joven, se puso de pie, colorada de vergüenza y angustiada, se dio vuelta y se dispuso a dejar el lugar. El nipón inspiró profundamente y la tomó del antebrazo, la desconocida lo miró seria y con sus ojos vidriosos.

-Te pido disculpas, no he tenido una buena noche, déjame compensarte, por favor siéntate, te invito algo -le pidió Toranosuke apenado por su comportamiento. La joven dudó, entonces él insistió-. Por favor, nuevamente te pido disculpas, me llamo Toranosuke, ¿y tú? -agregó mientras ella se sentaba y al mismo tiempo lo miraba tímidamente.

-Julia -dijo con su hermosa voz.

-Hermoso nombre -sonrió el japonés-. ¿Qué tomas, Julia? - La rubia dudó unos segundos.

-Cerveza con limonada -sonrió pudorosamente.

-¡Cerveza con limonada para Julia! -gritó Toranosuke al joven de la barra, quien riendo preparó la bebida y se la sirvió a la muchacha-. A mí lléname el vaso por favor -agregó mientras sacudía el vaso vacío. Ambos tomaron un poco.

-¿Qué te trae por aquí, Julia? -preguntó el japonés bastante ebrio.

-Mis alumnos dicen que este bar es divertido y como es el aniversario del fin de la guerra pensé en ver cómo era -sonrió la alemana. Él la miró un tanto dubitativo.

-¿Tus alumnos? ¿Qué enseñas?

-Estoy dando clases en la carrera de psicología en la Humboldt, Universität zu Berlin- dijo Julia. Él abrió los ojos asombrado.

-¿Eres psicóloga? -la interrogó mientras seguía bebiendo.

-No -sonrió la rubia-, soy neuróloga, tengo un doctorado en Neurociencias.

-¡Madre de dios! ¿Qué edad tienes? -riendo bromeó Toranosuke-. Perdón, no se le pregunta eso a una mujer, menos en este estado -sonrió señalándose-, pero pensé que una persona para tener ese título tendría que tener arriba de los sesenta años -finalizó mientras se terminaba su bebida. Ella rió desinhibida.

-Tengo veintisiete años -admitió la joven con una sonrisa-, lamento decepcionarte. Toranosuke no podía salir de su asombro.

-¡Debes ser extremadamente inteligente! ¿Puedo preguntarte algo realmente importante? -la interrogó. La rubia afirmó con la cabeza.

-¿Qué haces sentada hablando conmigo? -se sinceró Toranosuke. Ella volvió a sonrojarse, por un momento no tuvo el valor de contestar, se limitó a beber un poco de cerveza. El japonés movió el vaso para que el barman le sirviera más whisky.

-Te vi solo... sentí pena - Toranosuke de inmediato frunció el ceño enojado.

Julia hizo ademanes con sus manos tratando de explicar que se había expresado de manera incorrecta.

-No es que sienta lástima... es que yo también estoy sola todo el tiempo, mis padres son maravillosos, pero no tengo amigos, estoy festejando sola en un bar, ¿cuán patético es eso? -dijo la rubia completamente ruborizada-. No es fácil ser distinto o ser una persona con un doctorado antes de los treinta... y cuando vi cómo volviste del baño, con la mano sangrando... simplemente sé que es muy doloroso y que llegar al punto de lastimarse es cuando el dolor del alma ya superó al físico... estar solo sin que nadie te pregunte "¿cómo puedo mejorar tu día?"... es terrible -explicó con tristeza-. Y cuando solo te lo preguntan tus padres es peor -rio de manera incómoda. Él no sabía qué decir, parecía enviada por algún ente para conversar sobre el tema. Sintió tristeza, pena y a la vez confort. Sin perder su seriedad, bebió de su vaso una vez más.

-Al menos tienes padres -le guiñó el ojo. La alemana ya no podía estar más colorada, no sabía qué decir-. Los míos murieron cuando yo era pequeño, no te preocupes... ¿por qué no tienes amigos?

-Me gustan los misterios del cerebro, me gusta descubrir la inmensa telaraña que tenemos en nuestra cabeza, me la paso leyendo y hablando de filosofía, matemáticas, física y ciencias, no suelo ser muy popular y... -suspiró con vergüenza.

- ¿Y? -se encogió de hombros Toranosuke.

-Estoy un tanto pasada de peso, lo que me hace un tanto invisible a la gente -exclamó llena de pudor. Él, fastidiado, golpeó la barra. Todos lo miraron con temor, inclusive la alemana. Se hizo un breve silencio.

-¿Qué dices? ¡Eres muy bella, Julia! -exclamó Toranosuke sonriendo de manera sincera-. Valkiria como los viejos poemas vikingos, la belleza alada... Por favor, la gente ve lo que uno proyecta, quiérete más... de fea no tienes un pelo -la retó Toranosuke. Ella sonrió tímidamente.

-Tú, ¿a qué te dedicas? -preguntó para cambiar de tema, se sentía sumamente incómoda.

-Fui militar hasta que terminaron las guerras, desde entonces enseño artes marciales y también idiomas -contestó Toranosuke mientras bebía; pensó que la historia de la carrera militar sería mejor que decir que era Hijo de Fenrir y que durante toda su vida se dedicó a asesinar demonios y dioses del Panteón.

-¿Hablas muchos idiomas? -se interesó Julia. Él pensó la respuesta: conocía todos los idiomas existentes en la historia de la humanidad, los conocimientos de sus cuatrocientos años no habían desaparecido de su mente.

-Español, danés, inglés, francés, alemán, italiano, japonés, chino mandarín y cantonés, coreano -enumeraba ante la mirada atónita de la rubia-, ruso, rumano, latín, quechua, holandés, flamenco, portugués, árabe, sueco, bengalí, punyabi, somalí, hindi, pastún, urdu, guaraní y no sé si me olvido de alguno -exclamó mientras vaciaba su vaso. Julia sonrió sin poder reaccionar, simplemente no sabía qué decir.

-¿Hablas todos ellos con fluidez? -preguntó Julia completamente asombrada. Él afirmó con la cabeza.

-Como si fueran mi lengua materna -afirmó él mientras mordía un pedazo de hielo que sacó de su vaso.

-Ahora yo te pregunto a ti qué edad tienes -preguntó sorprendida la rubia. Él la miró sonriendo, ya un tanto borracho.

-¿Cuánto crees que tengo? -la desafíó el nipón. Julia rio.

-¿Veintiocho como mucho? -preguntó sonriendo. Él negó con su cabeza.

-¡Ojalá! Tengo treinta y tres años -respondió él mostrándole el pasaporte falso que tenía.

-Mi padre es de Suecia, vino a Alemania de chico y conoció a mi madre que era de Múnich, así que sé un poco de sueco... ¿cómo hiciste para aprender tantos idiomas en tan poco tiempo? -intrigada preguntó Julia. Él se encogió de hombros como si fuera algo simple, de hecho, para él lo había sido.

-Al morir mis padres me mandaron a una academia militar, allí tenía tiempo para leer y practicar -explicó quitándole importancia al asunto.

-Me parece fascinante -confesó la rubia-, no cualquier mente puede absorber y comprender tanta información... tienes una mente que me gustaría investigar -bromeó Julia. Él la miró y sonriendo le guiñó un ojo.

-Cuando quieras -respondió de manera relajada, ella se sonrojó, tímidamente le tocó la mano vendada.

-¿Puedo ver? -preguntó con pudor, el japonés contesto que sí-. La venda está llena de sangre... quizá haya que darte algunos puntos -exclamó Julia mientras retiraba las tiras del vendaje. Al sacarlas no entendía bien qué sucedía, lo miró extrañada, no tenía un solo rasguño-. ¿Es algún tipo de broma? No tienes nada -comentó un tanto fastidiada. Pensó que era todo una especie de chiste de mal gusto. Él se miró la mano.

-No entiendo -dudó Toranosuke-, me la vendó el dueño del lugar... te lo juro, Julia, que no es chiste, quizá le puso algún tipo de desinfectante de esos que tienen este color -trató de explicar, le tomó las manos y le repitió que no se estaba burlando. La rubia lo miró fijo a los ojos, él también se perdió en el color caramelo de sus iris. Así, aferrados de la mano y mirándose, estuvieron unos minutos; ella comenzó a sonrojarse. Al no soportar más la situación, ella se incorporó y le comentó que tenía que irse a su casa.

-¿Te acompaño? -preguntó Toranosuke. Ella negó con su cabeza.

-No es necesario -respondió mientras se ponía una campera de color marrón.

-Perdón... no quise incomodarte... un gusto conocerte -se despidió angustiado Toranosuke, volviendo a depositar su mirada en la bebida. Ella con temor y pudor lo pensó unos segundos.

-Bueno, vamos, la noche es joven y no quiero estar sola -dijo ruborizada. Él sonrió y se levantó de su silla un tanto mareado, pudo ver que la alemana era más alta que él. A Julia le sorprendió que él no se pusiera la campera-. Llueve y hace frío allí afuera... te puedes resfriar.... -comentó con timidez. Él rio, le alegraba que alguien se preocupara por su salud y quisiera pasar un rato a su lado.

-No pasa nada, ¿te gusta la música, Julia? -le preguntó mientras caminaban hacia la puerta.

-Sí, mucho, especialmente el tecno y el house -sonrió la rubia.

-¡Ahora entiendo por qué no tienes amigos! -bromeó Toranosuke provocando la carcajada de la alemana-. Eso no es música, son botones que hacen ruido, deberías escuchar a Iron Maiden o Megadeth... eso sí es música -añadió ante la mirada fascinada de Julia.

Al salir del bar y caminar junto al río se dieron cuenta de lo violenta que era la lluvia; ella le insistió para que se abrigara un poco pero él, en cambio, la cubrió para que no se mojara. Julia comenzó a caminar feliz, no podía creer el gesto de aquel desconocido. Él también caminaba feliz completamente empapado, con su remera, pantalón y borceguíes pasados por agua. Los dos se miraban y se sonreían, desviaban luego sus miradas hacia otro lado. Él respiraba aire fresco; desde que comenzó a hablar con ella que no pensaba en Lucia. El japonés, en el camino, le fue contando los diversos lugares que había conocido en el mundo. Julia reía porque, de tanto estudiar, jamás había salido de Alemania.

Al llegar a un hermoso edificio residencial ella abrió la puerta del hall, él chorreaba agua por todos lados. Ambos entraron para despedirse al resguardo de la tormenta.

-Aquí vivo -sonrió ella un tanto insegura de sí misma-, te devuelvo tu campera... ¡es de cuero y se empapó! lo siento mucho -se disculpó la rubia. Él minimizó el valor de la prenda.

-Está bien, no te preocupes... te la regalo... tengo varias más-le confió Toranosuke mientras se disponía a abrir la puerta del hall y volver a su casa. Ella lo frenó.

-Espera un segundo, discúlpame -exclamó Julia.

-¿Por qué te disculpas? -se extrañó Toranosuke, la hermosa alemana lo tomó del rostro y lo besó. Él quedó completamente embobado, como si estuviera drogado.

-No tengo nada que disculpar... está todo bien -sonrió el japonés. Julia, avergonzada, se despidió y comenzó a subir las escaleras.

Él salió a la calle bajo la lluvia y encendió con dificultad un cigarrillo, fumó pensando en los dulces labios de la alemana, en sus ojos. Se sentía realmente feliz, le daba algo de luz y esperanza, un encuentro que había durado poco pero que significaba muchísimo. Cuando comenzaba a alejarse pudo escuchar los gritos de Julia y se dio vuelta, ya que el ruido del agua no le permitía oír claramente. La rubia sonriendo le tiró desde la ventana las llaves y le indicó el departamento. Toranosuke no dudó: apagó el cigarrillo, subió las escaleras y abrió la puerta número 202. Allí estaba ella en un departamento de gran tamaño, las paredes rojas, adornadas con muchas bibliotecas y cuadros. El living tenía inmensos sillones negros y una mesa, la cocina era de mármol negro y estaba separada de la sala principal por una barra. Ella le indicó que al final del pasillo había dos puertas, la de la izquierda daba a la habitación de huéspedes y la de la derecha a la habitación principal, ambas tenían baño incorporado. Le dijo que en su placar había ropa, que si quería podía ir al baño y sacarse la ropa mojada, que tenía algunas prendas por si su padre la visitaba -lo cual no sucedía a menudo-; ella mientras tanto prepararía café. El Hijo de Fenrir, de inmediato, fue a la habitación y se quitó toda la ropa en el baño, se miró al espejo, trató de despabilarse, se mojó la cara. Se notaba que Julia era una mujer que le daba mucha importancia al aseo personal: tenía muchos perfumes, distintos tipos de jabones, esponjas y las toallas estaban ordenadas de manera prolija. Luego en la habitación abrió el placar y pudo reafirmar que le daba mucha importancia a su imagen; el lugar estaba lleno de ropa fina, muy femenina y delicada. Él tomó un pantalón largo deportivo de color gris que pertenecía al padre de la germana. Salió por el pasillo, allí estaba la hermosa rubia sirviendo dos tazas de café. Ella no pudo disimular, al verlo se puso colorada, no le podía quitar la mirada al torso desnudo de Toranosuke. Se le marcaban todos los músculos del abdomen, tenía los brazos y pectorales muy trabajados. Él tomó una de las tazas y bebió agradecido. Julia le dijo que no era nada, ella tenía mucho pudor, sentía vergüenza de su cuerpo. Él lo notó y la miró a los ojos, luego la besó mientras la abrazaba. Lentamente ella se fue soltando y comenzaron a explorar sus bocas con sus lenguas, él le mordía los labios a la preciosa muñeca nórdica. Julia comenzó a gemir y a soltarse, luego de un rato, ambos fueron a la habitación. Él se sentó en la cama, Julia con temor y vergüenza se dio vuelta para quitarse la remera, temía que a Toranosuke le disgustara su cuerpo. Al darse cuenta de lo que sucedía, el japonés la abrazó por detrás y comenzó a besarle el cuello. Luego la desvistió y fue lamiendo cada parte del hermoso y voluptuoso cuerpo de la rubia. Ella gemía y disfrutaba, al japonés le encantaba el cuerpo de Julia, ella lo notaba y eso la desinhibía. Los dos se tiraron en la cama e hicieron el amor por un largo rato, de manera lenta, disfrutándose, ella estaba colorada por el calor que sentía, su piel era muy sensible. Al finalizar, los dos sonrieron felices, se sentían en paz y acompañados. No tardaron en quedarse dormidos, abrazados.

En medio de la noche, Toranosuke se despertó sobresaltado; su corazón latía de manera frenética, sudaba como animal. Un trueno hizo vibrar el departamento de Julia. Eran las pesadillas de siempre que no lo dejaban dormir. Se sentó en la cama y se tapó la cara con las manos. Se repetían las mismas imágenes de todas las noches: los combates con los dioses, con las bestias, gritos, dolor, los rostros de los soldados a los que había enfrentado, Lucia riendo, luego el nacimiento de los gemelos sin vida, Lucia llorando y la última imagen, la peor, cuando la morocha bajo la lluvia lo dejaba. Furioso y con lágrimas en sus ojos se levantó sin despertar a Julia, que dormía apaciblemente. Fue hasta la hermosa sala y pudo ver que eran las seis de la mañana. Aún no amanecía y llovía a cántaros. Se dedicó a ver el agua cayendo por la ventana mientras prendía un cigarrillo. Recordaba el dolor de los rayos de Zeus, todavía sentía cómo los músculos y huesos le quemaban, recordó cómo atravesó a Tánatos con su sable, sentía la furia con la que le arrancó los brazos a Hades, aún podía oler el aroma de la piel quemada de Hermes. Al terminar el cigarrillo, lo mojó en la cocina y lo tiró en un cesto. Vio una inmensa biblioteca y comenzó a husmear, le sorprendía todo lo que leía Julia y la variedad de obras. Desde medicina y física hasta poesía y novelas románticas. Tenía obras célebres de autores de todo el mundo: Murakami, Borges, García Márquez, Poe, Lovecraft, Wilde, Salinger, Shakespeare, Rice y otros. Se sorprendió al ver textos de muchas religiones; tenía varias versiones de la Biblia, distintas ediciones de la Torá, libros budistas, hinduistas y el Sagrado Corán. La rubia lo tenía completamente admirado. Era una biblioteca digna de un Nobel. De pronto algo lo alertó, pudo sentir pasos detrás de él. Al darse vuelta se inquietó: en el sillón estaba sentado Morfeo, dios de los sueños, vestido con su larga túnica blanca, con una capucha que solo dejaba visible su boca y, parado en una esquina, en las sombras, con su armadura negra, se encontraba Hipnos, dios del sueño. Ambos dioses lo miraron y sonrieron.

-¿Qué hacen aquí? -se alarmó-. Si Julia sale los verá -los increpó. Las deidades se miraron y se relajaron.

-No nos puede ver -rio Morfeo-; si se llegara a levantar, solo te vería a ti y no se levantará hasta dentro de dos horas -exclamó el dios.

-¿Por qué están aquí? -preguntó Toranosuke mientras se sentaba en uno de los sillones de la sala.

-Hemos sido tus aliados, podrías preguntar cómo estamos al menos -contestó mofándose el dios de los sueños.

-Te noto preocupado -exclamó Hipnos-, nada ha pasado, de hecho, todos los que renunciaron a sus poderes para vivir entre los humanos no los han recuperado, tus habilidades siguen dormidas, el mundo está seguro -agregó el dios con voz lúgubre.

-¿Pero por qué recuperé la memoria? -les cuestionó el dios lobo-. Está claro que no tengo mis poderes, pero parte del acuerdo era no recordar nada -añadió Toranosuke.

-Es cierto -respondió Hipnos-, cuando Lucia te dejó, tu dolor fue tan grande que atravesó toda tu alma y tu mente, deshizo mi hechizo y volvieron todos tus recuerdos, lo lamento, pero mis poderes no pueden deshacer el amor o enfrentarse a él, ya recuerdas qué pasó con Lucia cuando le borré la memoria -se disculpó el enorme dios. Toranosuke hizo una pausa, quería gritar, comenzó a sentirse mal, tenía los recuerdos de un dios todopoderoso encerrados en un ser patético. Respiró lentamente para controlarse.

-¿Han venido entonces a decirme esto, nada más? -se fastidió Toranosuke. Los dioses se sonrieron. El mundo perfecto que había construido peligraba. El lobo infernal debía volver.

Hay muchos asesinatos que están preocupando al Gobierno Mundial - no se habla mucho porque los asesinos no son humanos, pero la gente comienza a temer; parece que varios seres andan sueltos alrededor del planeta y se alimentan como desean. Desde que los Alfas no están para cazarlos, el número de víctimas se incrementa con los años... El Gobierno Mundial no está dispuesto a abrir nuevamente la industria de armamento  y estos asesinatos no ponen en jaque el orden global, pero la solución que plantean desde el gobierno es lo que me trae pesadillas que no me dejan dormir. Por eso que necesito tu ayuda, viejo amigo . Desde que todo esto comenzó a suceder, varias industrias genéticas comenzaron a recolectar el ADN de estos seres hasta que se encontraron con la sangre de entes más poderosos que estos simples demonios: se encontraron con la sangre de dioses muertos -Toranosuke le prestó atención-. Crearon en un laboratorio a siete niños a los que llaman "Arcontes", esos pequeños nacieron hace una semana y en su sangre llevan combinados todos los poderes de los dioses de los cuales han tomado muestras; les introducen en la cabeza qué está mal y qué está bien, aparentemente en un año se habrán desarrollado por completo sus poderes y los soltarán para que cacen a estos demonios que andan sueltos... Es una locura y tu lo sabes -finalizó. Toranosuke suspiró, se tomó la cabeza, no sabía que decir.

Seres oscuros se despertaban, batallas feroces que enfrentarían a viejos amores y antiguos amigos. Buscarían en los lugares menos pensados a los demonios que rompían el balance: 

Se encontraban en medio de la Basílica de San Pedro. Allí había doce individuos, todos vestían un extraño atuendo, parecían los de un cardenal de la Iglesia católica pero la vestimenta era color negro, con el símbolo de Érebo en blanco, entre ellos había mujeres.

-Bienvenidos -declaró uno que parecía joven, de sonrisa carismática-, somos los doce apóstoles antiguos, sabíamos que vendrían, nuestro amo tiene hambre -exclamó. Los Alfa se miraron extrañados. Toranosuke pudo advertir el peligro, al segundo un temblor comenzó a sacudir el suelo, detrás de los doce se levantó un enorme vampiro de más de cinco metros de altura, completamente deforme, sin pelos ni labios, con dientes filosos, garras, de piel gris y ojos color petróleo-. Nuestro amo solo puede alimentarse de la sangre de seres poderosos como ustedes, la sangre humana no le apetece -sonrió de manera sádica el poderoso vampiro.

-Era una trampa y caímos como imbéciles -se encogió de hombros Toranosuke-, ¿qué nos queda? Lo de siempre, ¿no? Sáquenme a los doce de encima que yo me encargo del apestoso y tengan cuidado, no rompan nada que este lugar es un tanto importante -indicó el samurái mientras comenzaba a caminar en dirección al enemigo, sus compañeros lo seguían. Aquél corrió al encuentro. En cuanto estaban a distancia óptima, Toranosuke los saltó y quedó frente a frente con Caín. El enorme vampiro le lanzó un zarpazo que le dio en la cara, tumbándolo, dejándole cuatro cortes muy profundos. Toranosuke se puso de pie sonriendo, las heridas cerraron rápidamente. Caín se fastidió al ver cómo Toranosuke se burlaba-. ¡No puedes conmigo, imbécil! ¡Soy el Hijo de Fenrir! -gritó. Sus ojos se comenzaban a teñir de color rojo. De inmediato, con un gruñido bestial, el japonés tiró un golpe que Caín frenó con su palma, pero a pesar de controlar el ataque, el enorme vampiro tembló. Toranosuke aprovechó y se acercó a la distancia suficiente como para poder atacarlo rápidamente con sus codos y rodillas. Se trenzaron en un combate violento que provocaba destrozos dentro de la Basílica, cada golpe que se daban hacía temblar el lugar. Cotter y König tenían dificultad para controlar a sus rivales, de hecho, estaban en desventaja. Esos vampiros eran muy rápidos y poderosos, la derrota de los dos cazadores era inminente. Cuando Cotter estaba por ser asesinado, el sable corto de Toranosuke atravesó la cabeza del vampiro que lo atacaba, dándole la muerte. El samurái le había salvado la vida. Pero esa acción provocó que un golpe de Caín diera en el rostro de Toranosuke haciéndolo volar contra una columna, partiéndola; el techo de la Basílica de San Pedro comenzaba a rajarse. El británico, que ahora tenía un rival menos encima, corrió al rescate de König, que estaba siendo sobrepasado, y los dos caballeros comenzaron a controlar a sus rivales. Moros disparaba sus rayos a una mujer vampiro que los esquivaba con una velocidad impresionante, cada impacto de los poderosos halos prendía fuego el lugar que tocaba. Sûbiril enfrentaba al más poderoso de los doce, que era inmune a la mayoría de los hechizos, pero la maga no se rendía. Pudo convocar a varios gigantes de piedra que desde el suelo se levantaron para ayudarla a pelear y vencer al poderoso vampiro. Lucia, que había recibido varias heridas, estaba rodeada por dos vampiros. Cuando estuvo a punto de transformarse en mujer lobo, uno la tomó por detrás y la apuñaló en la base de la espalda, lo que le provocó un inmenso dolor que evitó su metamorfosis. La morocha abrió los ojos llenos de sufrimiento, vio cómo el vampiro que tenía enfrente levantaba su enorme espada para rematarla. Pero justo antes de recibir el ataque, Toranosuke se interpuso y con una estocada con su Katana asesinó al vampiro, que llegó a lanzar el ataque y le cortó desde el hombro derecho hasta el medio del pecho. El nipón cayó malherido, con un corte profundo que lo atravesaba de lado a lado, no dejaba de sangrar. Khan traspasó en forma de "hombre tigre" uno de los vitreaux de la Basílica y asesinó al vampiro que aferraba a la italiana. Lucia se arrodillo y sacudió a Toranosuke, el japonés estaba con vida pero la lesión lo dejaba fuera de combate y Caín aún seguía de pie. Ella gritó varias veces el nombre del nipón al ver cómo el más antiguo de los vampiros se acercaba. Los Alfas les ganarían a los doce apóstoles que ya habían perdido a varios de sus integrantes, pero Caín era demasiado poderoso. Toranosuke, con poca energía, miró la foto de Julia y sus hijos en el pendiente que ella le dio, manchando la foto con su propia sangre. No soportaba la idea de no volver a verlos. Lleno de ira, regeneró su herida, sus ojos se volvieron color rojo furioso, las garras comenzaron a salir de sus dedos, su cara comenzaba a alargarse y unos enormes colmillos le crecían, ya no controlaba su corazón, sus sentidos se agudizaron. Con sus afiladas zarpas se arrancó la piel para dejar ver un pelaje negro inmaculado. Su tamaño creció considerablemente. El lobo del infierno había vuelto, fuera de sí se paró, tenía la misma altura que Caín. El lobo aulló furioso e hizo temblar el lugar, el vampiro antiguo se detuvo y dudó. Jamás había visto un licántropo tan grande y poderoso. El Hijo de Fenrir se abalanzó furioso contra Caín y juntos atravesaron la puerta de la Basílica, destrozándola, y se trenzaron en un feroz duelo en medio de la Plaza San Pedro. El resto de los Alfas contuvo y continuó combatiendo dentro de la estructura a los pocos apóstoles que quedaban en pie. La pelea entre el gran lobo y Caín se volvió encarnizada; furiosos se lanzaban cortes, se oían los gritos de dolor de ambos al recibir una herida. El hombre lobo infernal mordió seriamente en el cuello al vampiro provocándole una herida muy profunda, pero ninguno daba indicios de rendirse. Caín, de un golpe, lanzó al licántropo contra el obelisco ubicado en medio de la plaza, partiéndolo por la mitad. El lobo negro tomó el pedazo de piedra que se soltó del monolito y con furia golpeó a Caín, que escupió sangre. El Hijo de Fenrir golpeó con el trozo de columna al vampiro una y otra vez hasta que la piedra estuvo completamente partida y bañada en sangre. Pero Caín lo sorprendió, lo tomó de una pata y lo revoleó contra el suelo haciendo un cráter en el empedrado de la plaza. El hombre lobo, furioso, detuvo un golpe de su agresor con una de sus zarpas y con sus colmillos abrió el pecho del vampiro, que gritó por el dolor. Luego, completamente fuera de sí, el Hijo de Fenrir llevó a Caín, que se resistía con todas sus fuerzas, a la parte del obelisco que seguía clavada al piso como un pedazo puntiagudo de piedra. El inmenso lobo negro tomó de la cabeza al vampiro y comenzó a hacer presión para clavarle el pedazo de monolito en la cabeza. Caín se resistía y lanzaba zarpazos que daban en el blanco, pero la furia de Toranosuke era tal que no sentía el dolor. Con un gruñido temerario, el Hijo de Fenrir logró atravesar la cabeza del primer chupasangre con la aguzada piedra que salía del suelo. El primero de los vampiros estaba muerto, por lo tanto, todos los vampiros morirían en el acto junto a él. Lentamente, Toranosuke recuperó su respiración y volvió a su forma humana. Desnudo en medio de la Plaza San Pedro, pudo ver el desastre que había dejado. Las losas destrozadas del lugar, el obelisco hecho mil pedazos. El cadáver de Caín seco, con la piedra que atravesaba su cabeza. De la Basílica de San Pedro salía humo, veía varios vitraux destrozados. La puerta estaba hecha añicos y las grietas del techo eran cada vez mayores. El samurái corrió a la iglesia. Lucia lo abrazó y le dio su sobretodo para que se cubriera. Toranosuke sonrió y se abrigó. El interior del lugar era un desastre: la histórica bóvedad realizada por Miguel Ángel estaba resquebrajada, las columnas destrozadas, algunas paredes estaban quemadas, los tapices y reliquias en ruinas y los bancos hechos pedazos. El suelo estaba en condiciones deplorables, partido y manchado de sangre.

-Dumitrescu se va a poner nervioso -rio Sûbiril.

-¿Te parece? es solo la Basílica de San Pedro -bromeó Cotter-, aunque fue uno de los combates más espectaculares de todos. ¡Te debo una, lobizón!

CONTINUARÁ....