CYBERMONDAY!!! CYBERMONDAY!!! CYBERMONDAY!!!
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Primer Capítulo de la Saga

El gran diluvio

La lluvia no dejaba de azotar Bucarest. Las ventanas del Museo Nacional de Historia estaban empapadas, la fuerte tormenta cubría la luna y apenas se podía ver en la densa y fría noche. Los guardias del museo, acostumbrados a la misma labor todas las madrugadas, recorrían los pasillos con linternas. Con cada relámpago una sala entera del enorme lugar se iluminaba y sus vidrios temblaban. Uno de los empleados recibió una comunicación por radio: de la sala de seguridad le informaban que una alarma silenciosa se había disparado en el cuarto de armas antiguas en el piso superior. “Probablemente el fuerte viento y el agua hayan abierto una puerta o una ventana”, pensó cansado. “Todas las noches exactamente lo mismo”. Resignado, respondió por su radio que iría a cerciorarse de que todo estuviera bien. Terminó su café y arrojó el vaso a un cesto en uno de los pasillos. De manera desganada fue subiendo los imponentes escalones de la escalera de mármol y, una vez que llegó a la sala, alumbró y revisó todas las repisas, las esquinas, y chequeó que estuvieran cerradas las ventanas. Determinó que aparentemente todo estaba en orden y llamó para informar que habría sido una falsa alarma o que algún roedor había disparado el detector. Pero como nadie respondió, golpeó fastidiado la radio con su mano, pensando en un desperfecto. Luego de un rato sin recibir respuesta, inspiró profundamente y, teniendo la excusa perfecta, sacó de su bolsillo una caja de cigarrillos, se llevó uno a la boca y bajó la linterna para prender el encendedor. La primera bocanada le produjo mucho placer. Luego, apuntó la linterna hacia delante y decidió volver a su recorrido. Cuando estaba por dejar la habitación, escuchó un ruido detrás de él. Aunque giró, entre tanta oscuridad no pudo ver nada, se encogió de hombros y siguió caminando hasta que, de pronto, un olor nauseabundo e insoportable lo invadió y le empezó a producir arcadas. Se tapó la nariz rápidamente y comenzó a insultar a los roedores del museo. Se dirigió rápidamente a la salida de la sala tratando de que su radio funcionara para comunicarse con el resto de los guardias. Pensaba en una gran invasión de roedores. “Allí vamos”, le respondieron rápidamente de la sala de seguridad. Al hacer menos de veinte metros hacia la escalera pudo ver a sus tres compañeros subiendo hacia donde él se encontraba, todos miraban hacia abajo tapándose con sus antebrazos los rostros.

—Qué rápido. ¿Cómo hicieron? No importa… Si el olor es insoportable… Parece que alguien se hubiera muerto aquí —les dijo, pero ellos no respondieron, seguían avanzando. Se empezó a poner nervioso y, cuando estuvieron más cerca, pudo ver que los antebrazos que cubrían sus rostros estaban empapados en sangre—. ¿Qué pasó? —gritó.

Entró en pánico cuando se descubrieron el rostro: ellos se habían arrancado sus propios ojos. El pobre guardia comenzó a gritar y a correr hacia una escalera auxiliar para poder escapar.

—Vienen por tus ojos —gritaban ellos lamentándose—. Los ojos fríos del infierno.

Seguía corriendo. “Debe ser una broma pesada”, se trataba de convencer. Luego de un fuerte relámpago, la linterna dejó de funcionar y todo se volvió oscuro. Escuchaba pasos distantes y errantes. Se colocó contra una pared y trató de controlar la respiración para pasar inadvertido mientras el olor cada vez se hacía más fuerte. Después de unos segundos, escuchó un lamento que se acercaba. Un fulgor iluminó la habitación y pudo ver frente a él a un anciano de gran estatura y vestido de un rojo fuerte, con ropas de inquisidor. Este lo miró y pudo ver sus ojos celestes como un glaciar. El anciano sonrió y dejo ver sus dientes oscuros y afilados como los de un predador.

—¡Puedo oler tu miedo! —rio el viejo—. ¡Su aroma me encanta! —El hombre temblaba y apenas podía respirar—. Te veo en el Tartaro. —Y lanzó una carcajada. Se oscureció todo nuevamente y el cuerpo del guardia estaba en el suelo, frío, sin vida, sin sus ojos y con la cara desfigurada por el pánico antes de morir.

El demoníaco inquisidor vagaba por la habitación sin caminar: se desplazaba en el aire a milímetros del suelo lamiéndose la sangre de los dedos y, al llegar a una vitrina llena de armas del imperio otomano, empezó a reír a carcajadas y, con un solo movimiento de su mano, destrozó el vidrio que resguardaba las reliquias. Se divertía señalando una por una y reía como un niño que no sabía qué agarrar primero. Cuando se decidió a tomar una de las armas, escuchó que alguien entraba a la habitación.

—Déjalo allí, hace tiempo que los tuyos no usan esas cosas —dijo una mujer joven vestida de negro—. ¿Y qué haces a estas horas despierto? ¿Por qué no estás en el Inframundo? —agregó mirando su reloj mientras el anciano enfurecía—. A esta hora tendría que estar disfrutando la noche —rio la joven de pelo negro azabache.

—No te sentí entrar, ¿eres un alfa? —se fastidió el inquisidor.

—No, salgo con uno, quizás no sentiste que atravesé la puerta gracias a un pequeño detalle —rio la joven de manera muy irrespetuosa ante el fastidio del anciano—. ¡Estoy muerta! ¡Pero así y todo huelo mucho mejor que tú! —dijo mientras se olía el pelo y ponía cara de asco. El viejo, encolerizado, se arrojó sobre ella con furia e impotencia. Ella, calmada, esperó el momento exacto y, cuando estuvo a distancia, le dio una patada en la cara con sus borcegos. que El demonio impactó contra una repisa haciéndola pedazos, pero se levantó rápidamente y se lanzó por la ventana más cercana destrozándola.

—Me van a retar —dijo fastidiada antes de saltar por la ventana para perseguir al inquisidor.

Ya en el jardín del museo, el viejo comenzó a perder su apariencia humana para empezar a correr a una velocidad impresionante. Detrás corría ella, que era más rápida aún. Saltaron las rejas del parque y se adentraron en las oscuras y solitarias calles de Bucarest, bajo la intensa lluvia. El demonio sabía dónde ir exactamente: buscaría gente para alimentarse, hacerse fuerte y perderse, pero ella lo estaba alcanzando. En un cruce de calles ella miró rápidamente al cielo y vio cómo una sombra los seguía desde los techos, ella sonrió y siguió. Al verse acorralado, el inquisidor rompió las puertas de una vieja iglesia a toda velocidad y, trepó hasta el techo como una araña. Ella ingresó por la puerta destrozada y miró hacia arriba; el demonio iba y venía frustrado y maldiciendo en el antiguo idioma de los titanes. De manera muy relajada, se sacudió el pelo con las manos para quitarse el agua, como si nada sucediera, y le sonrió irónicamente a su enemigo.

—¿Por qué sonríes? —gritó enfurecido—. Eres inmortal, pero por lo visto no puedes subir, si pudieras lo habrías hecho —escupía saliva mientras gritaba—. El sol saldrá y te matará —rio enfurecidamente.

—Yo no puedo llegar tan alto —respondió la chica riendo—, pero él sí —agregó señalando a uno de los vitrales del techo. El demonio rápidamente miró y vio dos ojos celestes como un glaciar detrás del antiguo vidrio. Pero era tarde: estos estallaron y por la ventana se lanzó sobre él Toranosuke y agarró al viejo por el cuello; este agarró al japonés de su sobretodo negro y los dos cayeron desde el alto techo rompiendo las cerámicas del suelo. De inmediato, el guerrero nipón lo empezó a golpear brutalmente en el rostro con su puño mientras con la otra mano lo sostenía del cuello. El demonio escupía sangre.

—Vuelve adonde perteneces —le dijo Toranosuke y sacó a Honjo Masamune. Con una estocada le atravesó la frente. El infernal anciano se retorció chillando y desapareció en llamas. Había vuelto al Tartaro.

El joven se levantó y, mientras se sacudía el polvo de su largo sobretodo, la miró a ella como regañándola y envainó a Honjo.

—¿Qué voy hacer contigo? —retó suavemente a la joven—. Podrías haberlo matado sin destrozo ni persecución, voy a llamar a Sûbiril para que limpie el museo y al comisario Dumitrescu para que la policía no aparezca por un rato —agregó fastidiado mientras sacaba de su bolsillo su teléfono móvil.

—¿No puede una chica enamorada querer que su príncipe azul la rescate? —le respondió sonriendo—. O mejor dicho, mi lobo plateado, guarda el teléfono, puedes llamar en dos minutos, ¿no puedes primero darme un beso? —agregó mientras le tomaba la mano. Él sonrió y guardó su teléfono en el bolsillo.

—Lucia Mantovani, Lucia mía —sonrió él—. ¡Incorregible! —Y la besó profundamente mientras le acariciaba el cabello y con la otra mano la abrazaba firmemente de la cintura. Ella puso sus manos en el pecho de Toranosuke y lo miró.

—Faltan tres horas para que amanezca y el sol me envíe a dormir —dijo ella—. ¿Vamos a Silver Church por un trago?

Asintió con la cabeza, se puso a su lado y de la mano salieron a la calle bajo la tormenta. Él mandó un mensaje de texto a Sûbiril para que limpiara el museo y para que la policía no fuera hasta que la maga hubiera terminado su trabajo., Como siempre, dirían que fue vandalismo o ladrones, neonazis de vez en cuando. Al guardar nuevamente su teléfono notó que ella lo miraba enamorada, mordiéndose los labios con sus profundos ojos color almendra.

—Mañana cumplimos 305 años juntos —le dijo con alegría.

—Sí, cómo pasa el tiempo —contestó él, casi indiferente.

—Vamos, es mucho, sé que no puedo salir de día, pero no me llevas más que a cazar o a Silver Church. Quiero algo especial y sé que tú también —rio.

—¿Algo especial? Mhhhh, a ver, no comes comida, no puedes ver la luz del sol —se burló riéndose—. Algo se me va a ocurrir para nuestra boda de… —he hizo una pausa—. Ya pasaron las de plata y oro si fuéramos mortales; incluso las de platino, diamante… ¡hasta las de hueso, que se cumplen a los cien años! —rio y le contagió la risa a Lucia. Luego, sacó del interior de su sobretodo un paquete de cigarrillos, le ofreció uno a Lucia y, en medio de la lluvia, lo encendió.

—¿Estás loco? Fumar mata dice la caja —contestó ella. Los dos no pudieron contener la risa y siguieron caminando bajo la lluvia fumando y agarrados de la mano hasta llegar al auto de Toranosuke, un Lycan Hypersport. Ambos tiraron sus cigarrillos en la calle y subieron al imponente deportivo negro. Una vez dentro, la lluvia parecía música de fondo. Se miraron y ella no esperó: lo siguió besando apasionadamente. Él hizo todo lo contrario a oponerse y fue tanta la pasión que ella le cortó el labio. Toranosuke hizo un gesto de dolor, ella lo tomó del mentón y con su lengua lamió la sangre que brotaba de la herida, la cual cicatrizó instantáneamente. Los ojos de Lucia se pusieron rojos por unos segundos e inmediatamente se abalanzó sobre él.

—Espera, amor —la paró en seco—. Aquí no, tranquilízate, vamos a Silver Church y en casa bebes un poco de mi sangre, no quiero que entres en frenesí aquí mismo —dijo él preocupado al verle los ojos.

—Mhhhh, bueno, es que la sangre de los lobos me pone… bueno, tú sabes —rio.

—Sí, me acuerdo —sonrió él mientras le acariciaba la mejilla—. ¿No sientes eso?

—Sí, tonto, ¿cómo no voy a sentir tu caricia? Me emociona —dijo ella cerrando los ojos.

—Me refiero a la temperatura de mi mano —dijo el japonés con mirada triste. Ella tragó y se angustió antes de contestar, estuvo a punto de llorar.

—Sabes que no puedo sentir calor ni frío; no lo elegí yo, pero sí siento tu cariño, tu amor —contestó angustiada—. ¿Estás nervioso o inseguro de nosotros?

—No, mi amor —dijo él—, jamás, nunca puse en duda en estos casi 305 años de relación mi amor hacia ti.

—Yo tampoco, pero entonces, ¿por qué me preguntas eso? — contestó Lucia mientras le tomaba la mano.

—Es que siento que los dioses nos castigaron con la inmortalidad… no podremos tener hijos, ver atardecer o anochecer —suspiró—. Es como que siento que eternamente vamos a tener que estar cazando.

—Sí, pero si no fuera porque somos inmortales, jamás nos habríamos conocido —sonrió ella—. Además, cada segundo a tu lado no es un castigo, creo que es el cielo, no puedo pedir más —concluyó con una enorme sonrisa.

Él sonrió aliviado al oír las palabras de Lucia y la besó de nuevo, pero suavemente, como si no hubiera mañana. “Vamos”, dijo él e inmediatamente encendió el auto con su huella digital. La máquina hizo un ruido imponente y espectacular, los tableros virtuales se encendieron junto a las luces. Con un comando de voz le indicó al auto que iban al Silver Church. Inmediatamente en el vidrio del parabrisas se le proyectó el camino y el tiempo estimado que hizo la computadora de acuerdo con el tráfico y el clima. Sin dudarlo piso el acelerador y esa máquina futurista alcanzó en dos segundos los 200 kilómetros por hora; el agua se abría paso y en las oscuras calles de Bucarest se veía una estela de luz y se escuchaba el ruido del motor. Le dio al auto la orden al de poner música y el corto viaje fue con heavy metal de fondo. Ella para sus adentros no entendía el fanatismo de Toranosuke por los autos de gran velocidad ya que ellos corrían más rápido, pero también eso era lo que más la enamoraba de él. Según ella, él era el humano, cálido y calculador, queriendo siempre ser diplomático como buen samurái; ella era la bestia, la pasión encarnada, el demonio que no tenía filtros y decía lo que pensaba, atacaba según le apeteciera o si le era divertido. Eran así: uno el día, otro la noche, pero juntos para siempre. Lo miraba concentrado manejar como piloto de carreras por las calles cada vez más transitadas a medida que se acercaban al centro y se burlaba de él por su concentración. Él la miraba y su risa, en su burla o en su seriedad, era perfecta: sus dientes, sus muecas, todo. Tenía estudiado hasta el último milímetro de su rostro y no se cansaba de mirarla.

—Amor, ¿no crees que vas muy rápido?

—¿Lo dices por la policía? —rio Toranosuke—. Dumitrescu y sus hombres están a nuestro servicio.

—Es que no es eso —dijo ella sorprendida—, temo que tus reflejos no estén a la altura de este auto —agregó a carcajadas, sabiendo que probablemente Toranosuke superara diez veces o más los reflejos del ser humano más entrenado del mundo. Él rio también, pero con su orgullo un poco herido aceleró aún más mientras las cosas volaban a medida que el auto avanzaba por la calle, dando la sensación de que los demás vehículos que transitaban parecían estáticos.

Al llegar a la puerta de Silver Church, frenó de golpe y estacionó perfectamente. Ella con su mirada le dio a entender que no era impresionante, él sonrió y ambos bajaron. Un enorme y calvo hombre encargado de la seguridad de Silver Church se acercó a los gritos reclamándole la velocidad con la que había estacionado. La gente que hacía fila para entrar miraba atónita. Toranosuke lo miraba sin decir nada, mientras Lucia se reía, ya el maquillaje negro de sus ojos se había corrido por la lluvia. —¿De qué te ríes? ¿Estás drogada? —siguió gritando el hombre de seguridad. Toranosuke enfureció, Lucia se dio cuenta porque podía notar el ritmo cardíaco de los seres y su temperatura corporal, y la de Toranosuke como buen hombre lobo subía en exceso cuando se enojaba. Ella sin dejar de reír se aferró a Toranosuke e intentó llevarlo nuevamente al auto, pero le fue imposible moverlo. Los ojos del joven samurái cambiaron y el guardia inmediatamente entró en pánico; los inmortales son capaces de infundir miedo en un mortal con solo mirarlos. El enorme custodio retrocedió balbuceando y fue ahí cuando Lucia no pudo contener una tremenda carcajada: el hombre literalmente se había orinado los pantalones. Humillado y en pánico se dio vuelta y corrió a la puerta del local mientras el público también reía.

—Qué bueno, pensé que terminaba en catástrofe —le dijo al oído.

—Si estabas tú en mi lugar habría un muerto y policía forense —rio él. Ambos se dirigieron a la puerta del local sin hacer fila y de manera alegre, como si nada hubiera pasado. Un hombre de baja estatura y con un traje caro y peinado a la gomina salió corriendo.

—¡Señor Nakagawa! —gritó— ¡Señorita Mantovani! —añadió—. Entren por favor, disculpen las molestias, no volveré a contratar a estos imbéciles que expulsan del ejército. ¡Qué noche espantosa! —Con un grito le indicó a otro guardia que los llevara al VIP, que eran sus amigos. —Cualquier cosa me dicen. Si necesitan alcohol, entretenimiento, comida, estoy sus órdenes.

—Gracias, Mihai —contestó Toranosuke mientras entraban y el sonido del metal electrónico se volvía más fuerte.

—¿Cómo está la familia, Mihai? —preguntó Lucia.

—Están enojados con mi otra familia —respondió irónicamente el pequeño negociante.

—¿Cuál, tu primera esposa con tu segunda esposa? ¿O con la tercera? —bromeó ella con una carcajada.

—La tercera con la segunda —rio sarcásticamente Mihai—. ¡Disfruten!

Mientras caminaban entre la gente que bailaba hipnotizada por la fuerte música, Lucia reía y Toranosuke la miraba serio. —¿Qué te preocupa ahora? —le preguntó mientras lo tomaba del brazo y apoyaba su mentón en el hombro de Toranosuke.

—Preocuparme nada —contestó indiferente—. Es Mihai y algunas cosas que no entiendo de los humanos, es patético, tiene dinero, salud, hijos y sin embargo es un infeliz.

—Sí —rio la hermosa gótica—, es patético, pero lo patético puede ser divertido. —Toranosuke levantó una ceja como preguntando: “¿Cómo algo patético puede resultar gracioso?”. —¿Acaso no fue divertido y patético que aquel guardia en la puerta se hiciera encima? —preguntó Lucia entre carcajadas. Él no pudo evitar la risa, ella sin dudar lo besó—. Vamos a divertirnos, mi guerrero de ceño fruncido —agregó tomándole la mano mientras lo llevaba bailando hacia el VIP.

Al llegar, los guardias, que ya los conocían –algunos desde hacía años– los dejaron pasar como si fueran celebridades y ellos se sentaron en unos sillones muy cómodos que les tenían reservados. Ella subió, apoyó sus pies sobre una mesa pequeña de madera y él encendió un cigarrillo y degustó lentamente la primera bocanada. Lucia sacó del bolsillo interno de su oscuro saco una pequeña petaca de whisky, pero en ella no había alcohol: contenía sangre de algún hospital de Bucarest. Bebió un trago y abrió sus ojos como si hubiera consumido una droga extremadamente fuerte y energizante. Una gota caía por la comisura de sus labios, el samurái le hizo una seña con el dedo para alertarla y ella con su lengua se relamió y lo abrazó. Él amaba esa situación de tenerla en su pecho, oler ese perfume que la caracterizaba y que podía oler a kilómetros, de acariciar su cabello; eran las cosas de la inmortalidad que jamás lo aburrirían. Como siempre, inquieta y riendo, ella empezó a revolverle los bolsillos a Toranosuke solo porque sabía que eso lo molestaba. Él rio irónicamente y trato de ignorarla. Ella pegó un grito y le robó del saco sus anteojos negros. Él insistió con desgano y sonriendo en que se los devolviera, pero ella como si nada se los puso y empezó a modelarle sensualmente. Él nuevamente no pudo evitar reír y eso lo volvía loco; nadie lo hacía reír excepto Lucia. Ella sacó su teléfono celular y se lo dio: “Vamos, tómame unas fotos”. Él sonrió y le siguió el juego. Ella posaba y, aunque el lugar estaba abarrotado, para él solo existía ella. Foto tras foto ella, muy carismática y desvergonzada, inventaba algo nuevo. Cansado de tanto juego él la levantó del sillón, la rodeó con sus brazos alrededor de su pequeña cintura y comenzó a besarla; ella no dudó y lo tomó de la cara. Se besaron desenfrenadamente, él amaba la pequeña y perfecta cintura de Lucia, lo volvía loco. Ella deshizo el nudo samurái del pelo de Toranosuke y empezó a acariciarle el cabello suelto mientras los besos se volvían profundos. Él empezó a darle besos por todo el cuello mientras ella jadeaba.

—Hazme el amor desenfrenadamente —le dijo ella al oído sin poder controlarse. Hizo una pausa para dejarse besar y recuperar el aire— ¡como la bestia que eres! —agregó con una sonrisa lujuriosa.

—¿Cuesta definirte entre romance y lujuria? —le respondio riendo el japonés.

Lucia saltó y lo rodeó con sus piernas mientras lo seguía besando.

—¿Por qué? ¡Vamos! —Él esperó para contestar, ya que no quería dejar de comerle la boca y el cuello.

—¿Por qué me dices hazme el amor, muy romántico, y después a lo bestia? —se rio con el pelo hecho un desastre.

—El amor es pasión, ¿me vas a matar o vas a darme clases de poesía y léxico?

Toranosuke no le contestó: se dejó caer al sillón con ella encima. La gente que estaba cerca hacía rato que se sentía incómoda, pero ellos estaban más allá de todo. Con una mano comenzó a desabrochar el pantalón de Toranosuke mientras él, completamente rendido, también dejaba escuchar sus jadeos. Repentinamente, un chillido le destrozó el oído, él la corrió a un costado del sillón.

—¡Maldita música que le puso Dragos a mi celular, me va a dejar sordo, no soy un perro! —se quejó enojado. Ella gritó de furia y pateó la mesa mientras se arreglaba el cabello. Era un llamado que solo los alfas, con su oído extra sensitivo, podían escuchar. Lo usaban para emergencias o para que volvieran a la “cueva” (la mansión en las afueras de Bucarest donde operaban los alfa).

—Tenemos que volver —le dijo fastidiado mientras chequeaba la pantalla del teléfono móvil. Se incorporó acomodándose el pantalón y con resignación le ofreció la mano para ayudarla a levantarse. Ella lo tomó de la mano y se levantó con muchísimo fastidio. La gente dentro del VIP se miraba y murmuraban entre ellos aliviados de que se fueran. Lucia se percató de eso y los miró.

—Y sí, nos arruinaron el… —dijo sin terminar mientras Toranosuke le tapaba la boca—. ¿Qué? Si es verdad —se quejó mientras caminaban fastidiados entre la gente. Al salir se dirigieron al auto mientras ella terminó de beber la sangre de la petaca.

Una vez arriba del auto, lo encendió y salió a toda velocidad hacia la cueva. La hermosa mansión donde operaban los alfas de Bucarest estaba en un bosque, muy cerca del Palacio Mogosoaia. Como lobos vivían todos juntos, pero eso era algo que le traía dificultades a Lucia con algunos miembros por no ser una mujer licántropo.

Ya cuando estaban saliendo de la ciudad la lluvia cesó y se podían ver la luna y el bosque frondoso. Desde que salieron de la discoteca no hablaron en ningún momento, pero Lucia era inquieta, miraba hacia todos lados y se le ocurrió empezar a jugar con el tablero interactivo del auto; él intentaba no prestarle atención, pero comenzaba a fastidiarse no con ella, con la situación.

—Estoy toda mojada —se quejó.

—Ahora llegamos y te sacas la ropa por algo seco —contestó Toranosuke; ella lo miró con fuego en sus ojos sonriendo diabólicamente.

—No me refería a mi ropa —El samurái sonrió e hizo un esfuerzo enorme por no sonrojarse; tenía más de 400 años pero ella siempre lograba intimidarlo sexualmente.

—¡Ya sé! —saltó ella de un grito, a carcajadas—. Ya dejó de llover. Antes de llegar paremos en el bosque, falta una hora para que amanezca, es poco tiempo pero podemos.

—¡No pueden! —los retó Razvan, un viejo alfa testarudo, canoso y con cara de cavernícola, que apareció en el monitor del auto—. Vengan aquí ahora mismo —gruñó.

—¿Eres, voyeur, Razvan? —se burló Lucia mientras Toranosuke reía.

—Qué graciosa, no necesito verlos para saber que están todo el tiempo en celo —contestó el viejo—. Los escucho todas las noches, parece como si te estuvieran asesinando y se me viene a la cabeza la imagen de un lobo tratando de montar a un murciélago —se quejó—. Justamente los tenemos que rastrear para que no se porten como una pareja de adolescentes.

—¡Uau, qué gráfico! —contestó ella a carcajadas

—Suena excitante —agregó Toranosuke burlándose.

—¡No lo es! —se fastidió Razvan—. Los quiero ahora acá. —De pronto detrás de Razvan se escuchó una voz masculina, calma y tímida.

—Perdón, perdón, córrete, vamos, déjame el asiento, es mi lugar —dijo Dragos, de aspecto intelectual y tímido, mientras aparecía en la imagen. Era el alfa hacker e investigador, un inmortal que dedicó toda su existencia a la lectura, el estudio y la ciencia; muchas veces los alfas dudaban si tenía algún tipo de sentimiento amoroso—. Perdón a los dos, me levanto un segundo de mi puesto y Razvan lo usurpa, Viorica quiere hablar con ustedes dos y con Sûbiril —agregó.

—¿Es verdad? —preguntó Lucia.

—Sí, es verdad, me lo pidió hace unos minutos —contestó inocentemente Dragos.

—No me refiero a eso, a que si sueno como si me estuvieran matando —lo increpó la vampiresa. Dragos hizo un silencio largo e incómodo con la boca semiabierta.

—Sí —contesto tímidamente y con miedo a una reprimenda—. Mi cuarto es el que está al lado del de él… Por eso siempre tengo auriculares puestos. —Los dos amantes rieron.

—Bueno, estaremos en unos minutos, prometo no tentarme con este malhumorado pero hermoso y comestible samurái —agregó ella mientras le agarraba fuerte un cachete a Toranosuke, quien inmediatamente apagó el monitor.

Al ver la mansión a lo lejos, una de las pantallas del automóvil le indicó a Toranosuke que otro vehículo se acercaba por detrás a gran velocidad. Con una orden de voz le pidió si podía reconocerlo. Apenas en dos segundos el auto procesó y lo identificó; una voz robótica e impersonal anunció: Kawasaki Ninja, Sûbiril.

Él se quedó tranquilo y miró por los espejos retrovisores a ver si la podía ver en la oscuridad. De golpe las luces de la moto aparecieron como un fulgor extremadamente veloz que se disponía a pasarlos. “Esta vez no”, pensó Toranosuke y puso al auto a máxima velocidad, Lucia se sonrió. La moto intentaba pero no podía llegar al coche y en cada curva ponía el cuerpo del imponente deportivo para no dejarla pasar. Al llegar a la reja de los jardines de la mansión, él bajó la velocidad y Sûbiril se puso a la par. Esta levantó el protector de ojos de su casco y dejó ver sus plateados ojos. Las enormes puertas se abrieron y lentamente los dos vehículos recorrieron el parque hasta llegar a la puerta del garaje subterráneo, bajaron y estacionaron. El lugar era un búnker de gran tamaño lleno de cámaras con autos y motos de todo tipo. Sûbiril se sacó el casco y dejó ver su largo y plateado cabello y su cara hermosa pero agresiva, con varios piercings. Dejó el casco en el asiento de la moto y, acalorada, abrió suspirando un poco el traje de motociclista de cuero negro. Toranosuke y Lucia bajaron y ella Inmediatamente corrió a saludar a su amiga.

—¿Qué tal la noche? —dijo mientras la abrazaba.

—Ufff —se quejó la maga—, tenemos problemas, por eso Viorica nos quiere ver —mientras devolvía el abrazo—. Perdón, ¿qué tal tu noche?

—Bien, hasta que Razvan con su humor… —suspiró Lucia— en fin, lo de siempre.

—¿Cómo estás, pequeña? —saludó Toranosuke.

—Hermanito, veo que su noche tampoco fue la mejor —contestó Sûbiril compadeciéndose.

—Sí, hemos tenido mejores, vamos yendo —se quejó—. Lo único que falta que es que nos llamen la atención por hablar en un garaje búnker subterráneo.

Las dos mujeres rieron irónicamente y junto al samurái caminaron hacia un ascensor. Lucia lo tomó de la mano y apoyó su cabeza en el hombro de Toranosuke. Al llegar, tocaron el botón y, mientras esperaban, Lucia miró a la cámara y sonrió falsamente mostrando sus dientes. Él y la maga se miraron y sonrieron. “No cambia más”, pensaron. Las puertas se abrieron y los tres subieron a la sala principal de la “cueva”, un inmenso espacio de paredes revestidas en madera y adornado con viejos candelabros sillones del renacimiento y armas feudales colgadas en las paredes. Varias chimeneas permitían, de ser necesario, calefaccionar el enorme lugar, cuyo suelo estaba cubierto por largas y alfombras otomanas. En el centro, en el sillón principal, estaba sentada Viorica, la más antigua de los Alfas; una mujer ya grande que había sido esposa de Lycaeon (el primer Alfa) y transmitía serenidad y bondad. A su lado estaba Razvan, el viejo malhumorado, con una botella de vodka en su mano y tomando sin quitarle la mirada al recipiente. Dragos en otro sillón los saludaba con una mano mientras con la otra se entretenía con su computadora portátil. Un poco más allá, en una poltrona, estaba Velkan (el mejor amigo de Toranosuke, un joven guerrero enorme, de una fuerza incomparable e incapaz de expresar sentimiento alguno, de barba larga, pelo largo lacio y rubio) junto a su mujer Mihaela (rubia, fría de carácter, fría en el pensamiento, helada en la emoción, calculadora y cumplidora de órdenes como una máquina). Excepto Dragos, todos los que presentes denotaban fastidio en sus rostros. Viorica, con un gesto con su mano, invitó a sentarse a los recién llegados. Sûbiril se sentó y Toranosuke se ubicó a su lado, pero Lucia como siempre se desplomó despatarrada, sacó un chicle de su saco y empezó a mascarlo haciendo un ruido insoportable. Razvan la miró y se empezó a fastidiar, la vampiro también lo miraba e hizo un globo bien grande y lo reventó. Desquiciado, el viejo lobo rompió con la presión de su mano la botella de vodka y se levantó de un gruñido.

—¡¿Todo es un chiste para ti?! —gritó.

—¿Es tan difícil pedir las cosas de buena manera, Razvan? —contestó Lucia mientras seria y sobradoramente guardaba el chicle en un papel—. Me parece que es la falta de sexo —sonrió.

De inmediato, el enorme viejo se levantó para atacar a Lucia, pero Toranosuke se interpuso rápidamente y no le quitó la mirada de encima. Si bien eran humanos, su inmortalidad como licántropos los hacía seguir la misma regla que los lobos: había alfas, betas y omegas. Toranosuke había reemplazado como alfa a Razvan hacía tiempo y, si algo le pasaba a Viorica, el sucesor de los Alfa de Bucarest sería el samurái. El viejo gruñía de rabia, pero no decía una palabra y no movía un músculo de su imponente cuerpo. De pronto, para tranquilizar las cosas, Velkan le puso la mano en el hombro al viejo.

—Ven —dijo, con la voz grave que lo caracterizaba, mientras lo guiaba nuevamente al sillón—, siéntate.

—¿Cómo puedes defenderla? —gritaba el viejo—. Defendemos a la humanidad del Tartaro y ella vive de fiesta en fiesta, todo es un chiste para ella —continuó mientras Toranosuke seguía parado mirándolo fijamente.

—No la defiendo a ella, sin ofender —contestó Velkan mientras miraba a Lucia, la cual sonrió—. Es la mujer de mi mejor amigo —agregó—. Ves solo lo malo, viejo.

—Dime algo bueno que haya hecho —seguía quejándose Razvan.

—Desde que está ella no murió un alfa más en nuestra manada —la defendió el enorme guerrero— y mi amigo sonríe de vez en cuando.

—¿Ya terminaron? —habló por primera vez Viorica. Nadie dijo nada, hasta Lucia se sentó recta y se puso seria—. La más joven acá es Lucia con 335 años y se comportan como niños de 10, estoy muy decepcionada —dijo la mujer mientras se cruzaba de brazos, pero sin perder su tranquilidad ni su calidez—. Hoy ha sido una noche particular, pasaron cosas graves que no podemos explicar: destrozaron ventanas del museo y una vitrina entera mataron a humanos y ustedes están discutiendo por un chicle —les llamó la atención pacíficamente—. Razvan querido, conoces a Lucia desde hace 3 siglos, sabes cómo es ella, sabes que no tiene filtro pero que siempre peleó a nuestro lado, protegió a diestra y siniestra a Toranosuke y está siempre, es la hija eterna. —El viejo bajó la cabeza—. Tú, querida mía, eres una dulzura, pero por favor te pido que mejores un poco tus modales, te adoro, eres la hija que nunca tuve, dulce, hermosa y, desde que conozco a Toranosuke, como bien dijo Velkan, eres la única que lo hace sonreír y sonrojar, lo veo con ganas y no sufriendo constantemente. ¿Prometes comportarte?, ¿Puedes no destrozar las cosas a tu paso? —sonrió la anciana.

—Sí, Viorica —acató Lucia.

—Perfecto, primer problema solucionado, todo tranquilo entre nosotros; ahora nuestro segundo problema, Dragos, por favor infórmanos. Luego Sûbiril nos dará su reporte.

—Bien, el demonio que Toranosuke y Lucia enfrentaron era un inquisidor del Tartaro, de los de la guardia de Vlad Tepes, no aparecían desde el siglo XVII —informó el intelectual. Enmudecidos y atónitos, todos abrieron grandemente sus ojos.

—¿Qué quería de una vitrina de armas expuestas en el museo? —preguntó sin entender Razvan—. La espada de Deimos, si mal no recuerdo, no está en una vitrina. Esos demonios no son estúpidos.

—No, esos demonios no son estúpidos y la espada de Deimos está o estaba en el sótano del museo protegida por toda nuestra tecnología —agregó el hacker mientras el resto empezaba a preocuparse.

—¿Cómo que “estaba”? —preguntó Mihaela—. ¿Está o no está?

—No lo sabemos —respondió Dragos—. Tendré que analizarla.

—Según los detectores, nada del Inframundo llegó al sótano del museo, nada maligno activó nuestras alarmas ni las trampas y armas allí puestas por si ese fuera el caso —dijo Toranosuke—; por eso Lucia y yo fuimos a la parte superior del edificio donde detectamos al inquisidor.

—Le pedí a Sûbiril que fuera al sótano cuando limpiaba y las puertas con códigos de seguridad estaban abiertas, las trampas desactivadas y las armas también, pero la espada seguía allí — agregó el intelectual mientras crecía la incertidumbre entre los presentes—. Por eso la tengo que analizar, para cerciorarme de que no sea falsa.

—Pero eso no lo podría haber hecho un humano porque habría muerto, tenemos detectores también de temperatura —dijo Velkan—. ¿Quién pudo hacer algo así? Alfas tampoco, tendrían que saber los códigos de las puertas y tener las runas de protección que solo nosotros poseemos.

—¡Exacto! Nadie puede tener los códigos sin que me entere y esas runas las tienen ustedes —se emocionaba Dragos—. Lucia y Toranosuke en el momento de la apertura según el video estaban fuera del museo persiguiendo al inquisidor, Sûbiril estaba en los alrededores esperando órdenes y el resto estábamos aquí, monitoreando todo vía satélite. Miren el video —dijo mientras tocaba un botón en su computadora y una pantalla enorme bajaba sobre la chimenea principal.

Todos se inclinaron hacia la pantalla. En la primera imagen apareció un pasillo que terminaba en una pared que luego de una breve interferencia dejó de existir. Dragos escribió en su computadora y la filmación pasó a mostrar un enorme pasillo lleno de detectores de última generación que gracias a la cámara infrarroja se veían encendidos. Todos se quedaron atónitos cuando vieron que lentamente se iban apagando uno tras otro en cadena y luego una segunda pared se abrió. El hacker introdujo otro comando y la imagen en la gran pantalla era la de la espada en una vitrina cuyo vidrio tenía grabadas varias runas de protección. Nuevamente la interferencia y cuando volvió la imagen, la espada no estaba en su lugar y la vitrina estaba abierta. En la enorme sala se percibía el asombro generalizado; la mayoría observaba con el ceño fruncido. Luego de otra interferencia, la espada estaba nuevamente en su lugar y la vitrina cerrada como si nada hubiese ocurrido. Viorica, asombrada, se tapó la boca con la mano. Velkan y Mihaela se miraron con la boca abierta. El viejo malhumorado señalaba la pantalla y balbuceaba, pero solo podía emitir palabras a medias. Toranosuke y Lucia se agarraron de la mano y se miraron pensando cómo se les pudo escapar algo así.

—Cuando entré al pasillo los dispositivos estaban desactivados, eso se puede hacer con algún impulso electromagnético, pero las runas de protección y las armas mágicas estaban intactas y lo que sea que hayan hecho no aparece en la cámara —comentó Sûbiril con el ceño fruncido.

—Mañana mismo quiero que Dragos y Sûbiril hablen con Dumitrescu, que le sellen la zona y que investiguen todo lo que puedan investigar —ordenó firme la más antigua de los Alfa—. ¿Y los guardias?

—Ese es otro tema inconcluso —contestó Dragos—. No los mató el inquisidor: según las imágenes del museo, ellos mismos se arrancaron los ojos y literalmente se murieron de miedo.

—¿Se arrancaron los ojos? —pregunto irónicamente Lucia.

—Ni Tánatos haría algo así —dijo Mihaela.

—Vienen a buscarte… Los ojos fríos del infierno —dijo analizando lentamente Viorica—. Eso dijeron los guardias muertos al último sobreviviente. Si “iban” a buscarlo significa que no era un solo demonio sino varios, y si se murieron de miedo entonces debe ser algún ente que se alimente o goce del miedo mortal.

—Solo dos seres pueden hacer eso, pero no pueden salir del Tartaro —afirmó Toranosuke—. Las Keres, las gemelas que disfrutan y se alimentan del miedo y buscan la muerte violenta para existir —se tomó la cabeza con ambas manos pensando—, pero Cerbero jamás las dejaría salir del Inframundo.

—Bueno, ahora no lograremos nada —agregó Viorica—. Vayan todos a dormir que mañana los que no investigan se quedarán aquí entrenando y alerta para salir —ordenó—. Dragos, está a punto de amanecer, sella inmediatamente la “cueva”, activa todas las medidas de seguridad y cierra las ventanas, no queremos que Lucia tome mucho sol —sonrió. Dragos inmediatamente dispuso el protocolo de seguridad desde su computadora, la alarma se activó con un chillido y las ventanas se sellaron con placas de acero. Todos se dirigieron a sus habitaciones y Lucia llevaba rápidamente a Toranosuke mientras le sonreía libidinosamente. Él le devolvió la sonrisa pero estaba preocupado, no sabía qué podía suceder y ella prácticamente lo arrastraba.

Abrieron la puerta de la habitación, donde había armas japonesas y armaduras que cubrían todas las paredes, una heladera para la sed de la vampiro, una pequeña computadora, un espejo en el techo y, por supuesto, ninguna ventana. Él tomó a Honjo, la cual se hizo visible, y la dejó en un katana kake. Al darse vuelta vio cómo Lucia ya se había sacado las botas y dejó caer su sobretodo mirándolo como un predador a punto de devorar a su presa. Siguió por su musculosa: se la sacó por encima de la cabeza, dejó al descubierto sus senos y se acomodó un poco el pelo. Él, que ya estaba rendido, se tiró sobre la cama sin quitarle la mirada. Lucia de un violento tirón se sacó el cinturón y procedió a bajarse los pantalones. Una vez que solo le quedó su diminuta tanga se tiró sobre él y comenzó a besarlo ferozmente, le sacó toda la ropa y comenzó a besarle el cuello, luego el pecho, después le lamió los abdominales.

—¡Momento! —paró ella.

—¿Qué pasó? —dijo él sorprendido y enfadado a la vez.

Ella no contestó y así semidesnuda corrió hacia una de las paredes y la golpeó muy fuerte.

—¿Qué haces? —se enfadó Toranosuke.

—¿Qué música te gusta, Dragos? —gritó riendo Lucia. El samurái cerró los ojos y maldijo, no lo podía creer.

—Cualquier cosa de metal está bien —respondió la voz del intelectual desde el cuarto próximo.

Ella corrió a la computadora y se sonrió; de pronto comenzó a sonar a todo volumen Dance of the death, de Iron Maiden. Ella volvió corriendo a la cama y saltó sobre él como si nada hubiera pasado. Siguió lamiéndolo todo, pero no se escuchaba más que la música, luego él la sentó encima de sí y, mientras tenían sexo desenfrenado, ella le dio un poderoso mordisco en el cuello., Pero no pararon: lo hacían mientras Toranosuke perdía sangre y ella bebía. Ese alimento la ponía en un estado narcótico, subió el nivel de violencia de los saltos de ella sobre él, su boca estaba empapada en sangre y sus colmillos ya eran visibles. El plasma ya manchaba las sábanas, ella lo besó y él bebió también. De manera violenta para cualquier ser humano él la tumbó boca arriba y empezó a penetrarla mientras ella no dejaba de jadear, gritaba y despedazaba las sábanas con una mano, con la otra se aferraba tan fuerte a la espalda del samurái que le dejó varios cortes. A la hora de semejante violencia y pasión, luego del clímax, transpirados y agotados se hicieron uno en un abrazo. Ella lentamente empezó a lamerle las cicatrices de la espalda y de la boca, las cuales cicatrizaron en el acto. Una vez relajado y curado, Toranosuke encendió un cigarrillo mientras ella de un salto rápido se incorporó y apagó la música, luego abrió la heladera y sacó un envase plástico de hospital lleno de sangre, el cual abrió y bebió totalmente desaforada (los vampiros gastan mucha energía en calentar el cuerpo o en llevar a cabo funciones orgánicas de los vivos). Saciada, volvió a la cama y usando el pecho de Toranosuke como almohada, lo miró y le dijo:

—Estamos gastando un presupuesto enorme en sábanas y frazadas.

—Sí —rio él—, ahora cuando te duermas voy a tratar de tirarlas sin que nadie me vea —agregó mientras las sacaba y las reponía.

—¿Por qué te cuesta tanto dormir? —preguntó mientras lo abrazaba por la espalda.

—Nunca fui de dormir mucho —contestó e hizo un silencio, terminó de hacer la cama y se volvieron a recostar.

—Lo sé, pero ahora me preocupas, no duermes casi nada, ¿hay algo que te tenga nervioso? —se preocupó mientras lo miraba dulcemente.

—No, cielo, no me preocupa nada —contestó él.

—Hace mucho que no tienes pesadillas, ¿volvieron?

—No, bebé —Sonrió mientras daba la última pitada a su cigarrillo y lo tiraba en el cenicero—. Estoy perfecto, ¿recuerdas que me preguntaste por nuestro aniversario?

—Sí —contestó ella con una sonrisa que le iluminaba la cara.

—Bueno… —dijo mientras le acariciaba la cadera—, te voy a llevar a un lugar muy lindo a la noche —siguió, mientras ella hipnotizada se mordía los labios de la felicidad—. Nunca te llevé a un lugar así, elegante y todo —rio él, ella cerró los ojos y besó su pecho—. Es lo menos que puedo hacer por ti —concluyó Toranosuke y comenzó a acariciarle el pelo suavemente, hasta que en un momento notó que se había quedado dormida sobre su torso. La apoyó sobre la almohada y se quedó mirándola, era el ser más hermoso que podía existir, así despeinada y desarreglada, desnuda a su lado, su sonrisa era todo para él.